Guayadeque

Ingenio, Agüimes

Funerario

Siglos VI al IX y siglo XV

Este barranco acoge un importante número de enclaves aborígenes, principalmente cavidades naturales y artificiales destinadas a funciones domésticas y sepulcrales. La riqueza arqueológica de esta zona apunta a una intensa ocupación en época prehispánica. Las expediciones de finales del XIX a este entorno dieron lugar a descripciones de cuevas sepulcrales y del registro arqueológico en ellas recuperado.
De otra parte, y por lo que respecta a las muestras de Guayadeque que fueron seleccionadas para su datación (madera, “piel de momia” y “piel de cabra”), cabe indicar que de la documentación conservada en el archivo de El Museo Canario se deduce que todas ellas procedían de la misma cueva funeraria

DATACIONES:
Material analizado: Madera
Fecha calibrada: 669-901 d.C.

Material analizado: Piel momia
Fecha calibrada: 536-720 d.C.

Material analizado: Semilla de trigo
Fecha calibrada: 1470-1660 d.C.

Material analizado: Semilla de trigo
Fecha calibrada: 1440-1540 d.C. / 1540-1630 d.C.

Fotos:


Vista general del barranco

Granero de Cuevas Muchas

Momia

Casas Cuevas


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El barranco de Guayadeque fue objeto de intensas recogidas de material prehispánico entre finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, siguiendo unos criterios arqueológicos que se alejaban de los hoy considerados más adecuados. Ello representó una importante pérdida de información, al dejar sin apenas documentación contextual a una gran parte del material recuperado en esas fechas, como el caso del ahora objeto de datación. El énfasis que la investigación arqueológica puso en la construcción de una teoría de poblamiento del archipiélago, estrechamente vinculada con la tipología racial de la población aborigen, condujo a que las intervenciones arqueológicas desarrolladas desde finales del siglo XIX hasta avanzado el XX se concentraran en ámbitos funerarios, a fin de recuperar restos óseos humanos –fundamentalmente cráneos– sobre los que llevar a cabo los pertinentes estudios morfométricos. En este marco, la abundancia de espacios sepulcrales en el barranco de Guayadeque propició que este enclave se convirtiera en la principal fuente de aprovisionamiento de tales evidencias óseas.
Fruto de las expediciones de finales del XIX a este entorno, fueron algunas descripciones de cuevas sepulcrales y del registro arqueológico en ellas recuperado. Se alude, por ejemplo, a la presencia de tejidos en fibras vegetales y pieles animales asociadas a restos óseos, así como fragmentos de madera y en algunos casos tablones de pino sobre los que se encontraban depositados los cadáveres (G. Chil y Naranjo, 1876; 1880 ; V. Grau Bassas, 1880), a lo que habría que añadir algunas referencias como las de G. Chil y Naranjo (1876), a la presencia de ajuares integrados por diversos elementos entre los que se citan “gánigos” y “garrotes”, algunos de ellos “muy bruñidos y pintados”.
De otra parte, y por lo que respecta a las muestras de Guayadeque, que fueron seleccionadas para su datación, (madera, “piel de momia” y “piel de cabra”), cabe indicar que de la documentación conservada en el archivo de El Museo Canario se deduce que todas ellas procedían de la misma cueva funeraria, pues en la correspondencia mantenida con el profesor Hessel de Vries, autor de la datación, se indica que el material enviado correspondía a una momia, a la piel de cabra en la cual estaba envuelta y a la madera localizada “alrededor” de ella. De igual manera se apunta el deseo de estimar “la época exacta de la muerte” del individuo momificado. Para ello, se insiste, en la necesidad de datar no sólo la madera que remiten sino la piel (la cual parece que ofrecía ciertas dificultades para el laboratorio), al objeto de determinar la coetaneidad de ambas muestras, pero también por los problemas que la sola datación de la madera representaba (al poder existir procesos de reutilización, aprovechamiento de elementos desgajados del árbol…).