La Cueva Pintada

Gáldar

Hábitat

Siglos VII al XV

Cueva Pintada es uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de todo el Archipiélago canario, no sólo por sus dimensiones e interés científico, sino por contar con una de las instalaciones museísticas más importantes de Canarias. El poblado está integrado por un grupo de cuevas artificiales (el complejo troglodita, donde se ubica la cámara policromada) junto a casi medio centenar de construcciones de superficie (casas de piedra), junto con espacios domésticos situados al aire libre. Dentro del conjunto troglodita destaca especialmente la cueva que da nombre a todo el conjunto, que presenta una “decoración” a partir de pinturas en rojo y blanco, localizadas en tres de sus paredes y organizadas en frisos regulares. Los motivos representados son exclusivamente geométricos, entre los que destacan los círculos concéntricos, triángulos enfrentados por su base, líneas quebradas y horizontales, etc.

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Fotos:


La Cueva Pintada, cámara artificial excavada en la roca

Casa prehispánica con planta cruciforme

Detalle de una de las cuevas vivienda del complejo troglodita

El conjunto arqueológico de la Cueva Pintada se asienta sobre lo que, hasta las últimas décadas del siglo pasado, fue una manzana agrícola constituida por un escalonamiento de bancales de cultivo de plataneras rodeados de edificaciones perimetrales. Este tipo de cercados y huertos asociados a casas labriegas e integrados en la trama urbana, caracterizó la evolución del paisaje de Gáldar, desde que, a finales del siglo XVII, el centro de la entonces naciente villa fue desplazándose paulatinamente hacia su ubicación actual en torno a la plaza de Santiago.
Precisamente, el descubrimiento de la cámara rupestre decorada con pinturas murales que da nombre el conjunto está vinculado con los últimos avatares del proceso de acondicionamiento de este peculiar parcelario agrícola, y con la intensa actividad de sorriba y bancalización destinada, según apuntan los datos disponibles, al cultivo de tuneras de regadío para la cría de la cochinilla. Todo parece indicar que la Cueva Pintada fue descubierta hacia 1862. Varios testimonios de la época insisten en que en su interior se localizaron momias, cerámicas y otros objetos arqueológicos. Estos hallazgos permitieron vincular esta cavidad con el Agaldar prehispánico, considerado por las fuentes narrativas, que aluden al proceso de colonización europea de los siglos XIV y XV como el centro de poder político más importante de la Gran Canaria indígena.
En 1884, y tras un episodio de cegamiento que explica que, su “redescubrimiento” en 1873, haya sido erróneamente considerado como el momento correspondiente a su auténtica localización, la Cueva Pintada, es objeto de una primera intervención para facilitar la contemplación de las pinturas mediante el acondicionamiento de un acceso. El interés en su defensa, de no pocos eruditos y ciudadanos, no bastaron, sin embargo, para sacarla de un progresivo abandono que llegará hasta la década de los setenta del pasado siglo. Será a fines de 1969 cuando, a raíz de una activa campaña de sensibilización orquestada por los estudiantes galdenses que por aquellos años frecuentan las aulas de la Universidad de La Laguna, se alcance un compromiso para detener el deterioro de las pinturas y acondicionar el entorno de la cueva.
En la primavera de 1970 comienzan los trabajos de limpieza y restauración de los paneles polícromos, muy afectados por el riego de los cultivos de plataneras. También se inicia una serie de labores de desescombro y remoción de tierras con el objeto de descargar el techo de la cavidad y acondicionar, en última instancia, una edificación que asegure el cerramiento y mejore la accesibilidad a la cámara polícroma. Estas tareas sacan a la luz la totalidad del alterado complejo rupestre excavado en la toba volcánica del que formaba parte la cueva hasta entonces conocida, recuperándose asimismo una importante y relevante cantidad de materiales arqueológicos.
El 29 de abril de 1972 el yacimiento se abre al público y el 5 de mayo de ese mismo año es declarado Monumento Nacional Histórico-Artístico, hoy BIC,(Bien de Interés Cultural). Sin embargo, los problemas de conservación no sólo subsisten sino que se agravan. A las infiltraciones de agua de riego cargada de abonos procedentes de las plataneras situadas en los bancales superiores, se suman, ahora, los efectos conjugados de la insolación directa sobre un edificio mal aislado y ventilado y las visitas masivas.
Ante esta alarmante situación, la Cueva Pintada se cierra al público al final del verano de 1982, tras sólo diez años de funcionamiento como yacimiento visitable, al tiempo que se inicia un programa de investigación en torno a los trabajos efectuados en 1970. Pero no será hasta 1986 cuando se ponga definitivamente en marcha un plan integral de conservación, documentación y valorización de este singular conjunto arqueológico. En ese año la Cueva Pintada se incluye, en lo que será el Plan Nacional experimental de Parques Arqueológicos. Surge así el proyecto de Parque Arqueológico de la Cueva Pintada que culminará, tras veinte años de trabajos casi ininterrumpidos, con su inauguración en el verano de 2006.
Los primeros meses de 1987 ven el inicio de los sondeos arqueológicos que confirman que los bancales de cultivo reposan, en realidad, sobre niveles arqueológicos preexistentes correspondientes al arruinamiento y fosilización de un caserío prehispánico bien conservado. Desde entonces se han realizado distintas campañas de excavación que han afectado a un área de unos 5.300 m2, a los que hay que añadir los 740 m2 correspondientes al vaciado de 1970. Es importante destacar que estas labores han quedado siempre supeditadas a la necesidad de garantizar una legibilidad y comprensión adecuadas, por parte de los visitantes, del espacio arqueológico a musealizar y a las demandas impuestas, en lo que a infraestructuras se refiere, por la conservación y presentación del conjunto.
Centrado por el complejo troglodita epónimo y organizado de forma escalonada, el caserío prehispánico exhumado está constituido por más de medio centenar de habitaciones semisubterráneas de piedra y cuevas-vivienda. La cronología de este asentamiento, en el que se documentan al menos dos fases de ocupación bien diferenciadas, se extiende entre los siglos VII y finales del XV o comienzos del XVI. Este momento postrero coincide con la repoblación del lugar por colonos europeos y el nacimiento de la villa castellana en cuyo seno los naturales canarios, indígenas de pura cepa o mestizos, seguirán constituyendo, durante todo el primer tercio del siglo XVI, uno de los contingentes poblacionales más importantes.
La paulatina deserción y el abandono del caserío indígena no llega acompañada, por lo que parece, de una actividad constructiva generalizada. Sólo una pequeña zona del flanco nororiental del conjunto arqueológico documenta una habitación de nueva planta, probablemente relacionada con la industria azucarera, que se superpone, fosilizándola, a una de las casas indígenas. Más tarde, seguramente a finales del siglo XVII y durante todo el XVIII, los materiales constructivos prehispánicos son expoliados y recuperados al tiempo que se inicia una intensa labor extractiva de piedra de cantería que ha dejado su huella en distintos sectores de la zona arqueológica. Sin duda en ese mismo momento empieza a consolidarse la manzana agrícola con la apertura de las calles que delimitan lo que, hasta la gran bancalización de la segunda mitad del siglo XIX, se conocerá, de manera harto significativa, como el Huerto Canario. Es entonces, con el acondicionamiento del denominado Huerto Nuevo, cuando, como se ya se ha indicado, se produce el descubrimiento de la Cueva Pintada.
En cuanto a la organización del espacio de habitación prehispánico, resulta evidente el papel que en él desempeña el conjunto rupestre de la Cueva Pintada, en cuyo entorno más inmediato pugnan por concentrarse buena parte de las decenas de viviendas semisubterráneas documentadas. Este hecho parece reforzar la hipótesis de que este espacio rupestre constituye una suerte de “casa de los orígenes”, un singular ámbito, a un tiempo funerario, residencial y económico, ligado a los linajes aristocráticos indígenas.
Siguiendo un prototipo bien conocido, las habitaciones que se disponen en torno a la Cueva Pintada son semisubterráneas y, con alguna excepción que parece obedecer a un uso no estrictamente residencial, están constituidas por piezas cuadrangulares flanqueadas por una o, casi siempre, dos alcobas laterales enfrentadas. No obstante, en lo que no es más que una duplicación del patrón, dos de estas unidades de habitación pueden conectarse longitudinalmente a través de un corredor y aparecer integradas, en consecuencia, en una misma vivienda.
A diferencia de lo que semeja ocurrir con las construcciones del asentamiento de la primera fase, peor conocidas y por lo que parece siempre exentas, las casas semisubterráneas de la segunda se suelen agrupar en conjuntos formados por habitaciones medianeras que enlazan sus paramentos exteriores, en general de diseño curvilíneo. Es precisamente a partir de estos bloques compactos de viviendas como se articularán las vías de circulación en el interior del caserío. Las “manzanas” se disponen a lo largo de “calles” horizontales escalonadas, auténticos andenes comparables a los acondicionados en los conjuntos rupestres, a las que se abren las entradas de las habitaciones, preferentemente orientadas al mediodía. Si se trata de agrupaciones de disposición más o menos radial, los andenes se transforman en zaguanes a cielo abierto.
A fin de evitar la abrasión que el trasiego de viandantes provocaba sobre el frágil sustrato rocoso, los andenes y zaguanes estaban compuestos, por lo que parece, por pisos de tierra apisonada limitados, según los casos, por las traseras de las casas situadas a un nivel inferior o por muretes de contención. La sucesión de estos aterrazamientos y plataformas perpendiculares a la línea de máxima pendiente permitía la interconexión vertical entre los distintos bloques, y la progresión hacia las cotas más elevadas de la colina de Gáldar. Conviene recordar que precisamente allí, en el actual Llano de Santiago, se situaba, en época prehispánica, un singular espacio público de carácter ceremonial.
La composición de los muros de las viviendas es variable, ya que junto a las numerosas casas con paramentos enteramente construidos con piedras de basalto, aparecen algunas viviendas con paredes de sillarejos de toba perfectamente trabajados. La práctica totalidad de las casas conservan restos de mortero y pintura de diversos colores que se empleaba en la decoración tanto de las alcobas laterales como de la habitación principal.
Son innumerables y singulares los hallazgos efectuados en el yacimiento de la Cueva Pintada. Los ídolos, las pintaderas y los magníficos recipientes cerámicos decorados constituyen, junto a las herramientas de piedra o hueso, los restos de fauna o las semillas, un universo perfectamente individualizado en el contexto de la cultura aborigen de Gran Canaria. A estos repertorios prehispánicos se incorporan otros elementos de importación de procedencia peninsular, entre los que destacan las series de cerámicas fabricadas a torno y los objetos de metal, como monedas, espadas, cuchillos, herraduras, dedales, clavos, etc.